El capítulo 15 de la novela de “El niño con el pijama de rayas” ha sido el que más me ha causado impotencia en su lectura. No logro asimilar el cómo el ser humano cuando se siente impotente para defender a quienes ama no logra presentar sus razones. Entre Bruno y Shmuel se desarrolla una amistad que solo logra reforzarse a partir de este capítulo, para mí, es un apartado culmen en la novela.

Las imágenes que presenta la novela en esta parte me llenan de tanta ternura hacia Shmuel, pero también hacia Bruno, con sus sentimientos convulsionados en el momento que Kotler le pregunta si conoce al niño judío.

Para los niños no existen razones para amar, solo se sienten seguros y eso basta. La amistad de estos niños llega hasta el punto de que se les olvida que los llevo al encuentro la necesidad de algo diferente, Bruno quería jugar y Shmuel, el querer saber que había más allá de la zona permitida para los que estaban en el campo.

Se descubren ambos, y se entregan a un idílico encuentro de amigos que los lleva hasta la experiencia de la liberación completa, silenciosa, furtiva, efímera, donde lograrían el encuentro eterno de sus almas.

Les comparto un fragmento del capítulo 15.

Entraron juntos en el salón y Kotler cerró las puertas en las narices de Bruno.
Hirviendo de rabia, el niño fue a la cocina y se llevó la mayor sorpresa de su vida.
Allí, sentado a la mesa, muy lejos del otro lado de la alambrada, estaba Shmuel.
Bruno no dio crédito a sus ojos.
—¡Shmuel! —exclamó—. Pero… ¿qué haces aquí?
Shmuel levantó la vista y al ver a su amigo sonrió de oreja a oreja, borrando el
miedo de su rostro.
—¡Bruno! —dijo.
—¿Qué haces aquí? —repitió Bruno, pues, aunque seguía sin comprender qué
pasaba al otro lado de la alambrada, intuía que los que vivían allí no debían entrar en
su casa.
—Me ha traído él —dijo Shmuel.
—¿El? ¿Te refieres al teniente Kotler?
—Sí. Dijo que aquí había un trabajo para mí.
Bruno bajó la vista y vio sesenta y cuatro vasitos, los que Madre utilizaba cuando
se tomaba uno de sus licores medicinales, encima de la mesa de la cocina, junto a un
cuenco de agua caliente con jabón y un montón de servilletas de papel.
—¿Qué haces? —preguntó.
—Me han pedido que limpie estos vasos. Dicen que debe hacerlo alguien con los
dedos muy pequeños.
Y como si quisiera demostrar algo que su amigo ya sabía, levantó una mano y
Bruno no pudo evitar fijarse en que parecía la mano del esqueleto de mentira que herr
Liszt había llevado para la lección de anatomía.
—Nunca me había fijado —musitó con incredulidad.
—¿Nunca te habías fijado en qué? —preguntó Shmuel.
A modo de respuesta, Bruno levantó una mano y la acercó a la de Shmuel hasta que la yema de sus dedos corazón casi se tocaron.
—En nuestras manos —dijo—. Son muy diferentes. ¡Mira!
Los dos niños miraron al mismo tiempo; la diferencia saltaba a la vista. Aunque
Bruno era bajito para su edad y no tenía nada de gordo, su mano parecía sana y llena
de vida. Las venas no se traslucían; los dedos no parecían ramitas secas. En cambio,
la mano de Shmuel sugería cosas muy diferentes.
—¿Cómo es que se te ha puesto así? —preguntó Bruno.
—No lo sé. Antes se parecía más a la tuya, pero yo no he notado que cambiara.
En mi lado de la alambrada todos tienen las manos así.
Bruno frunció el entrecejo. Pensó en la gente del pijama de rayas y se preguntó
qué estaba pasando en Auschwitz. A lo mejor algo no funcionaba bien, porque la
gente tenía un aspecto muy poco saludable. No entendía nada, pero tampoco quería
seguir mirando la mano de Shmuel. Se dio la vuelta, abrió la nevera y empezó a
revolver buscando algo de comer. Encontró medio pollo relleno que había sobrado de
la comida, y a Bruno se le iluminó la cara porque existían pocas cosas que le gustaran
más que el pollo frío relleno de salvia y cebolla. Agarró un cuchillo del cajón y cortó
unos buenos trozos que luego cubrió de relleno, antes de volverse hacia su amigo.
—Me alegro mucho de verte —dijo con la boca llena—. Es una lástima que
tengas que limpiar los vasos. Si no, te enseñaría mi habitación.
—Me ha advertido que no me mueva de esta silla si no quiero tener problemas.
—Yo no le haría mucho caso —repuso Bruno intentando aparentar más valor del
que sentía—. Esta no es su casa, es mi casa, y cuando Padre no está, aquí mando yo.
¿Puedes creer que ni siquiera ha leído La isla del tesoro?
Shmuel no le estaba prestando mucha atención: tenía los ojos fijos en los trozos
de pollo que Bruno iba engullendo con toda tranquilidad. Pasados unos momentos,
éste lo advirtió y se sintió culpable.
—Lo siento, Shmuel —se apresuró a decir—. Debería haberte ofrecido pollo.
¿Tienes hambre?
—Esa pregunta sólo tiene una respuesta —dijo Shmuel, que, aunque no conocía a
Gretel, también sabía hablar con sarcasmo.
—Espera, voy a servirte un poco —dijo Bruno; abrió la nevera y cortó otros tres
buenos trozos.
—No, no. Si vuelve… —susurró Shmuel, mirando con aprensión hacia la puerta.
—Si vuelve ¿quién? ¿El teniente Kotler?
—Se supone que tengo que limpiar los vasos y nada más —dijo, mirando con
desesperación el cuenco de agua jabonosa y luego volviendo a mirar los trozos de
pollo que Bruno le ofrecía.
—Seguro que no le importa —repuso Bruno, un poco desconcertado por el
nerviosismo de Shmuel—. Sólo es comida.

—No puedo —dijo Shmuel, sacudiendo la cabeza. Daba la impresión de que iba a
echarse a llorar en cualquier momento—. Volverá, estoy seguro —continuó—. Debí
comérmelo en cuanto me lo has ofrecido, pero ahora ya es demasiado tarde, si lo cojo
entrará y…
—¡Basta, Shmuel! Ten —dijo Bruno, y le puso los trozos de pollo en la mano—.
Cómetelo. Queda mucho para la merienda. Por eso no tienes que preocuparte.
El niño contempló un momento la comida que tenía en la mano y luego miró a
Bruno con los ojos muy abiertos, con una expresión que denotaba agradecimiento y
también terror. Echó una última ojeada a la puerta y entonces tomó una decisión: se
metió de golpe los tres trozos de pollo en la boca y se los zampó en sólo veinte
segundos.
—Oye, no hace falta que comas tan deprisa —dijo Bruno—. Te va a sentar mal.
—No me importa —dijo Shmuel esbozando una sonrisa—. Gracias, Bruno.
Su amigo le devolvió la sonrisa y estaba a punto de ofrecerle más comida, pero en
ese preciso instante el teniente entró en la cocina y se paró en seco al verlos hablando.
Bruno lo miró fijamente y notó cómo la atmósfera se cargaba de tensión; Shmuel se
encorvó, cogió otro vaso y se puso a limpiarlo. Kotler, ignorando a Bruno, fue hacia
Shmuel y lo fulminó con la mirada.

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